martes, 22 de mayo de 2012

La ética de no comerse el masmelo


Imagínate que tienes 5 años. Tu profesor te ofrece un masmelo y te dice que tiene que irse, pero promete que cuando vuelva, si no te has comido el masmelo, te dará otro:

Un niño solo en una habitación con un masmelo. ¿Demasiada tentación? Es un experimento casi cruel, pero bastante interesante para estudiar la capacidad de postergar la gratificación ante la posibilidad de una mayor recompensa.

Lo más interesante del experimento fue que se descubrió una correlación entre el autocontrol y el éxito académico y profesional. Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, realizó originalmente el experimento en 1972. Tuvo la oportunidad de hacer un seguimiento del desarrollo de varios de las personas que estuvieron en él. Resultó que los niños que tenían la prudencia necesaria para esperar a que el maestro volviera y así obtener otro masmelo, cuando crecieron fueron buenos estudiantes y cuando se graduaron obtuvieron éxito profesional. En cambio, los niños que no podían aguantarse las ganas, aunque fuesen inteligentes, tenían problemas académicos y posteriormente no consiguieron trabajos muy buenos.

El experimento tiene gran pertinencia en relación con la ética. Aristóteles caracterizaba los vicios no como maldad o ignorancia, sino como incontinencia: la incapacidad de controlar las ganas de hacer algo. La mayor virtud moral, en ese orden de ideas, era la prudencia, la cual no se puede lograr sólo con una aproximación teórica. Es necesario también crear y mantener hábitos adecuados. Epicuro sostenía que lo ético es idéntico a lo placentero. Pero -contrario a lo que podría interpretarse inmediatamente- no sugeriría que nos comiéramos todo "masmelo" que nos encontramos. A veces es bueno soportar un dolor o privación con tal de alcanzar después un bien mayor (esta idea es conocida como la "economía de los placeres").

Más aun, el experimento es importante para la enseñanza de la ética. Hay dos maneras erróneas en las que suele hacerse: el consecuencialismo metafísico y el legalismo acrítico. El consecuencialismo metafísico básicamente consiste inculcarle a alguien que si se porta bien se va a ir al cielo y que si se porta mal arderá en las llamas del infierno. Eso sí que es cruel.

El legalismo acrítico es la fe en que existe una serie de valores y principios que al ser impuestos teóricamente a alguien le convierte en una buena persona. Muchos profesores creen que enseñar ética es dar una lista de valores y mandamientos y censurar el egoísmo. Suele pasar que las personas que han sido educadas en un marco ético impuesto descubren en algún momento de su vida que esos valores son relativos, llegando incluso a decidir hacer todo lo contrario a lo que les habían dicho que debían hacer. Todo desemboca en dos escenarios indeseables: el dogmatismo o la decepción frente a la ética.

El gran reto de la ética consiste en enseñarle a las personas por qué ciertos valores y virtudes les pueden servir para alcanzar mejores metas personales en esta vida. Es ineludible: los seres humanos somos psicológicamente egoístas -es por eso que nos aterra la idea del infierno-. La ética no debe luchar contra la motivación egoísta, sino tomarla como punto de partida. Basándonos en experimentos e investigaciones como la de Mischel y en el marco de una investigación filosófica sobre la ética es preciso indagar sobre cómo se puede motivar y generar el autocontrol, mostrándoles a las personas porque este rasgo sería idóneo para obtener mayor satisfacción personal.

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