martes, 9 de diciembre de 2008

Las Flores de las Emilias

Me encanta presentarles a Émilie Simon, con el que fue su segundo sencillo: Flowers.



Émilie es una bella mujer cuya máxima virtud es la creatividad (compone, arregla, produce e interpreta su música). Lo más fascinante de su creación es la "sensibilidad" dulce y a la vez un tanto macabra (una exótica combinación entre "lo femenino" y "lo masculino", si me permiten usar esas expresiones en dicho contexto).



Comparar a Émilie con otras notables damas de la "música electrónica" se ha convertido en fastidioso y extendido cliché. Absténgase de ello. Yo quiero ofrecerles una comparación más profunda: ese tipo de "sensibilidad" como la de Émilie Simon recuerdo haberla encontrado solamente en su homónima, Emily Dickinson, de quien les dejo un poema que viene a la ocasión, "With a Flower" :



"I hide myself within my flower,
That wearing on your breast,
You, unsuspecting, wear me too --
And angels know the rest.

I hide myself within my flower,
That, fading from your vase,
You, unsuspecting, feel for me
Almost a loneliness."

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El último cigarrillo

Fumé exactamente 22 cigarrillos durante mi vida. Éste que se ve aquí es el último. Así como nunca voy a comprar una moto para andar en una ciudad, de la misma manera en que nunca voy a probar las drogas, así mismo nunca voy a fumar más. Tres promesas pedidas que perfectamente puedo cumplir sin dudar.

El primero fue en la azotea de la casa de unos tíos, donde mi primo Sebastián López intentaba corromper a sus infantes primos y enseñaba el trasero a todo transeúnte.

El de peores repercusiones fue aquél que me ofrecieron los compulsivos de la Unidad de Publicaciones de la Universidad Nacional de Colombia, cuando estaban revisando la diagramación de una saga, cuando yo la estaba dirigiendo: Carolina Felipe se indignó al sentir el olor y no quiso acercarse a mí.

El que más disfruté fue uno que me fume en la calle 19 entre 6a y 7a, con Laura Gómez y Pablo Reyes. Ese día se celebraría la despedida de Juan Pablo Bermúdez, quien se iba a iniciar sus estudios en Canadá. Estabamos allí, en la acera opuesta al Sex Shop, porque quería regalarle algún tipo de juguete sexual a Juan Pablo, ya que Adelaida Barrera, su novia, había sugerido llevar "regalos absurdos". Pero el Sex Shop estaba cerrado. Nos quedamos allí pensando en la alternativa de robar algo -como una placa de un carro- para cumplir el parámetro propuesto por Adelaida. Llovía mucho, hacía mucho frío. Pablo aseguró que los cigarrillos daban calor. Fumamos. Creo que fue uno mentolado. Entró suavecito. Me dio calor. Pero lo mejor era el privado espectáculo del humo que salía de mi boca, danzando bajo una luz verde que proveniente de algún punto superior del edificio que nos escampaba. El humo perdiéndose en la noche bogotana, difundiéndose en este universo...


Este último me lo regaló Sophie Buitrago, quien me dijo que era delicioso, lo cual fue mentira. Sentí como este exótico camel de sabor "dulce" entraba en mi cuerpo y oscurecía mi sangre. ¿Por qué fumé? Porque me intrigaba. No entendía qué encontraba la gente en la inhalación de nicotina. No entendía por qué podían volverse adicto a eso. Y no lo entendí. Sí descubrí una extraña sensación, como de "poder", pero son connotaciones culturales, nada que realmente provenga de la combustión del objeto. Me fascinaba el humo, eso sí. Me fascina el fuego. También -contrario a lo que decía la propaganda- creo que el cigarrillo sí puede lograr que algunas personas se vean sexies. Pero, la sensación de que "esto es una completa estupidez" siempre estuvo latente, así fuera desde el transfondo. Me pareció y me sigue pareciendo que el placer de fumar es una manifestación del placer de la autodestrucción, del "eros al tanathos". Nada más.

Y para no ser moralistas y no pelear con nadie, simplemente aduciré una razón desde la fórmula simple del relativismo: el cigarrillo no va conmigo.

Gracias a Eileen Álvarez, maravillosa crítica y fotógrafa. Aquí quedó la sesión fotográfica.

lunes, 1 de diciembre de 2008

alfil


Tenía entendido que el alfil representaba a un obispo. En inglés, de hecho, se dice "Bishop" y del libro ilustrado sobre la historia del ajedrez que leí en mi infancia recuerdo imágenes episcopales. No sé por qué tenía tan poca dificultad en imaginarme al "religioso" que cumplía funciones militares, usando sus ardides como tácticas de guerra. Lo que no me cuadraba muy bien era el asunto de las largas distancias que podía recorrer, pues los católicos de profesión suelen ser sedentarios y burócratas. 

Ayer tuve una charla aparentemente banal con el profesor Carlos Duffo sobre el ajedrez. Empecé contándole que me estaba enfrentando a un "Hacker". Él agregó que "El Hacker le hizo jaque". "Sí -respondí yo-, pero yo puse el caballo en la línea de fuego y luego enroqué". Luego de eso divagamos un poco: "el objetivo del ajedrez debería ser comerse a la reina", "pero la reina negra se come a la reina blanca, y luego el peón blanco se come a la negra, todo sin que el rey se dé cuenta", "en Colombia no hay caballos, hay mulas",  "no hay peones, hay rusos" y así...

Pero después, inesperadamente, en esta charla absurda se me presentó una revelación. Duffo preguntó si yo sabía qué representaba el alfil. Yo aseguré que representaba un sacerdote. Y él dijo "no, representa un elefante".

Mi animal preferido es el elefante. Ese animal representa para mí la religión y la sabiduría. La figura religiosa del ajedrez  no es un obispo, frívolo defensor de prejuicios, sino un elefante, cuya huella cubre la huella de cualquier otro animal. El elefante, recorre largas distancias y es dueño de un ataque punzante en el que usa sus poderosos colmillos. Colmillos de marfil. Marfil de alfil, no alfil de marfil. 

Efectivamente "al-fil"  es un antiguo vocablo persa (الفيل) para designar al elefante, y "mal-ar-fil" hace referencia a sus huesos. Dice la omnisapiente que "para las cortes medievales cristianas, la figura de los elefantes era muy exótica, por lo que la reemplazaron por un obispo, que en esos tiempos, al frente de un ejercito, iba frecuentemente a la guerra". 

Ea pues: el alfil no es un viejo calvo, malgeniado, prejuicioso y decrépito. Es un hermoso, sabio y vigoroso elefante. Por eso es que me cuesta tanto sacrificarlos. Por eso prefiero perder un caballo...